El blog de los foodies y demás nómadas gastronómicos de Madrid

GUMBO, O EL PORQUÉ DE LOS TOMATES VERDES FRITOS

Ser hiperactiva tiene sus pros y sus contras. Por un lado, desarrollas una picaresca pasmosa que te permite llegar a todo lo que te propones por los pelos. Vives al límite, como si no hubiese un mañana. Por otro, cuando termina el día, a veces sientes que has estado en una yincana constante de pruebas a superar, repleta de obstáculos que sorprendentemente vas esquivando a pesar de llevar tacones. Y así fue exactamente mi sábado pasado.

Después de querer amordazar al despertador que había puesto de buena mañana para ir a jugar al pádel, me fui a correr a El Retiro, para posteriormente ir a comprar avituallamiento, pasar por la farmacia, sacar a Napoleón, comprar el periódico  y demás asuntos propios de una chica blanca soltera busca tales como darme rayos UVA. Sí, lo reconozco, que este moreno caribeño no surge por arte de magia y a una le cuesta su esfuerzo. Así que para cuando me quise dar cuenta, ya me estaba llamando mi amiga Ethel para ir al concierto de Alaska en la Plaza de Colón, evento que patrocinaba su empresa Microsoft junto a la revista Glamour, y que por una vez que no era algo friki no me quedaba otra que acudir a tan fastuosa cita.

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Como se trataba de ir calentando motores, nos fuimos al Dry Cosmopolitan Bar del coctelero Javier de las Muelas, ubicado en el hotel Gran Meliá Fénix de la plaza. Si no habéis estado, la terraza de ese sitio vale su sobrecoste (no tanto el interior que es un bar más al uso de hotel de alta alcurnia), la atención es exquisita, y la carta interminable, por lo que con el objetivo de ver si subíamos el contador que tienen en la pared y que indica el nº de Dry Martinis que han servido hasta la fecha (cuenta que en Nueva York van por más de un millón servidos), nos dio por pedirnos un par de ellos.

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Cierto es que el ambiente era algo guiri por ser sábado por la tarde y estar en el lobby de un hospedaje de postín y que cuando te llega la cuenta no queda más remedio que pagar a escote porque cualquiera invita, pero sin duda una visita merece.Y tras embucharnos el Dry Martini allá que nos fuimos con Fangoria y en menos que canta un gallo ya estaba yo bailando “no quiero más dramas en mi vida” y “a quien le importa”, sin duda, temas que relajan cuanto menos el cuerpo si no el espíritu y el alma.

Afortunadamente, había quedado también esa noche y una hora después con Marta y Lara, mis amigas de mi Erasmus en Lille –y que por cierto si buscas en Google los términos “ciudad” + “aburrida” seguro que sale ésta como primera entrada – a las cuales veo de vez en cuando y rememoramos las penurias vividas y que tanto nos han unido después durante ese año en el que nos convertimos casi en delincuentes, entre algún que otro hurto, chuletas en el diccionario de francés para conseguir el aprobado y demás gamberradas oportunas de la época. Entre manifestaciones y tráfico conseguí escaparme al Microteatro por Dinero de la calle Loreto y Chicote, intentando resetear mi CPU de las letras evocadoras de Alaska para poder asumir con dignidad la siguiente prueba de mi yincana.

Cierto es que no hay plan que más me pueda gustar para el fin de semana que ir al microteatro y después tomar algo por la Calle del Pez, en esos metros bulliciosos, donde Madrid  nada tiene que envidiar a la multiculturalidad de las que otras urbes europeas fardan. Avanzando como podía entre perroflautas, hipsters, gafapastas, grafiteros, ancianos de renta antigua, algún pijo desavenido y prostitutas despistadas que se dan cita en esta calle malasañera, llegué solo 10 minutos tarde, orgullosa de haber superado la consecuente prueba y no quedarme por el camino. Me encanta esta calle. Podría afirmar que para mí es el barrio de Madrid con una oferta gastronómica más informal y auténtica, salvando claro está, los indios, marroquíes, y africanos de Lavapiés, que eso ya es otro cantar.

Y añado un apunte. Dicen (otra vez, Wikipedia, fiel fuente de información donde las haya) que su denominación data de principios del XVII,  pues había por allí una finca con un estanque en el que vivían dos peces. Cuando el estanque se secó los pececitos fueron recogidos por la hija del dueño que los tuvo un tiempo en una pecera hasta que murieron. Posteriormente la niña, llamada doña Blanca, ingresó de pena en un convento. Su padre levantó luego en el lugar otra casa y en su fachada se esculpieron los dos peces que dieron nombre a la vía y que aún están en la fachada. Bueno, vale, la historia es algo ñoña pero venía a cuento.

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En fin, que había reservado en El Mandil pues me apetecía conocerlo, recientemente abierto en la calle Colón, pero mi gozo en un pozo porque la noche dio un giro inesperado. “Mirad que tripón chicas, que estoy embarazada”. Toma…ya. Shock. Alegría. Que Lara iba a tener un hijo. Bravo!! Y ahí estaba la Carrie Bradshaw que llevo dentro diciéndome por el oído izquierdo “tranquila, tú aún puedes dedicar tu tiempo libre a irte de compras y escribir chorradas en un blog” y la Bridget Jones por el otro “a ver si empiezas a poner un poquito más de empeño al tema masculino, guapita, que te quedas para vestir santos”.

Con las mismas, los abrazos y las felicitaciones se nos fue el santo al cielo y terminamos cenando en Gumbo comida de Nueva Orleans. Supongo que como yo os estáis preguntando qué leches se come en Nueva Orleans y de qué va eso de que una ciudad americana tenga su propio restaurante, pues lo mismo me pregunté yo, pero era antojo de Lara y con las embarazas yo no discuto. Luego más tarde ya me informé de que una de las peculiaridades que caracterizan esta ciudad es su gastronomía por sus influencias francesas, criollas e incluso africanas, que el nombre Gumbo proviene de una sopa de marisco típica sureña y que como diría aquel, “nunca te acostarás sin saber una cosa más”.

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Así que, con el fin de meternos en escena, conseguimos una mesita el este local tan mono y con una carta en la que sorprendentemente no había ni hamburguesas ni perritos calientes, nos pedimos los siguientes platos que paso a ilustraros: tomates verdes fritos, un must donde los haya:

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También una ensaladita de espinacas con chalota confitada y queso azul cangrejo de caparazón blando con salsa meuniere:

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Así como un bonito ennegrecido, que este sí, estaba espectacular.

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Y de postre una tarta de cacahuetes, porque la ocasión merecía celebrarlo.

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Entre otras especialidades, también tienen pollo picantón de granja o Jambalaya con pollo, andouille y langostinos o solomillo Armstrong, todo muy yanqui. La cena me encantó, no sólo por la compañía sino también por la originalidad, muy propia de una calle como la de El Pez.

Con la lengua fuera, a eso de la 1 de la mañana, nos fuimos paseando cada una a su casa y Dios en la de todas, pensando en lo dignamente que había esquivado los diversos embarazos, nunca mejor dicho, de la jornada, y me las veía yo muy felices de llegar a la meta de ese sábado cuanto menos estresante, cuando sonó mi móvil. Siguiente prueba de la yincana…en fin, es lo que tiene ser hiperactiva.

 

DRY BY JAVIER DE LAS MUELAS:

Precio medio: 14 euros por cocktail

Dónde: C./ Hermosilla, 2 Hotel Gran Meliá Fénix (Plaza Colón)

Tel.: 91 4316700

Web: http://www.javierdelasmuelas.com/eng/dry/madrid/dry-at-the-gran-melia-fenix

 

GUMBO:

Precio medio: 25 euros

Dónde: C./ Del Pez, 15

Tel.: 91 532 63 61

Web: http://www.gumbo.es

 

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