El blog de los foodies y demás nómadas gastronómicos de Madrid

A FATTING BOCATACALAMARES IN ATOCHA

No me preguntes por qué cavilaba el otro día paseando por Atocha hacia el Mercado de Motores con el objetivo de vaciar el bolsillo (pero rellenar el ego) con la adquisición de algún exclusivo trasto de segunda mano, sobre qué blasón de nuestra gastronomía madrileña hubiese enarbolado si, no sé si por ventura o desventura, la ardua labor de elaborar el discurso de Ana Botella para la candidatura de Madrid 2020 hubiese recaído en mi persona.

Dejando atrás el café con leche, más oportuno si de Colombia o Arabia se tratase, tenía mis reservas respecto a qué producto emblema, no de España sino de nuestro Madrid, podría condecorarse como el icono número uno de la Capital de Villa y Corte, y me debatía entre el poco glamour de los garbanzos del cocido, los callos a la madrileña o las rosquillas de San Isidro.

En esos insondables deliberes me hallaba cuando, de repente y como si el destino hubiese querido jugarme una mala pasada por mi escaso ingenio, divisé a lo lejos una imagen real como la vida misma, y ahí, estaba, irrefutablemente y sin lugar a dudas, el estandarte por excelencia de nuestra cocina nacional: el bocata de calamares de El Brillante.

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No sé si también lo hubiese dejado sin traducir como el café de la Botella – porque calamari sandwich no tiene la misma personalidad ni entonación que “bocatacalamares” claro está –  o si en vez del adjetivo relaxing le hubiese añadido oily o fatty, pero definitivamente hubiese sido un término, que sin lugar a dudas, hubiésemos convertido en universal y cosmopolita, junto a otros tan hispánicos, aspiracionales y refinados como siesta, torero y olé.

Incluso, y como soñar no cuesta dinero, quizá el bocata de calamares nos hubiese hecho ganar la candidatura, y entonces no nos hubiese quedado más remedio que rehacer el logo sustituyendo los aros olímpicos por los del molusco, contratar de patrocinadores oficiales a La Sirena o Pescanova y  fichar a Calamardo de Bob Esponja como nuestra mascota oficial. Por mi parte, fruto de dicha campaña de comunicación única en el mundo y analizada a futuro en las mejores escuelas de negocios, hubiese recibido el consiguiente reconocimiento internacional y las posteriores ofertas entre otros de Obama, para irme a trabajar como asesora a su gabinete.

Pero, como decía Machado, “tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: el despertar”, no me quedo otra que sentarme en El Brillante y pedirle al camarero que me pusiese un bocatín para probar tal pecata minuta, y posteriormente, contároslo. Por 4 euros me zampé un mini bocadillo, y aunque las malas lenguas me habían dicho que “ya no es lo que era” lo cierto es que me supo a gloria. Curiosamente, apenas tenía grasa y la miga del interior estaba poco empapada por el aceite, gran descubrimiento y que me sorprendió gratamente.

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Pero seguía yo dándole vueltas al discurso tras haber pagado semejante manjar y haberme puesto de nuevo en marcha, y no veía claro lo de asociar Bocadillo de Calares con «Estación Renfe de Atocha», que tan poco empaque tenía, porque si algo caracteriza Madrid es nuestra castiza Plaza Mayor y no tanto la estación ferroviaria, así que recordé establecimiento similares allí ubicados como la Cervecería Sol Mayor y el Bar Postas, en los números 5 y 13 respectivamente de la Calle Postas, así como La Campana (C/ Botoneras, 6) y la Cervecería Plaza Mayor (Plaza Mayor, 2), los cuales, tampoco me convencían.

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Me decía a mí misma que no podíamos ser tan catetos de ir a Buenos Aires con semejante imagen de casposismo nacional y colarle al Comité Olímpico por sabrosa y original aquella mezcla imposible de fritanga, hidratos de carbono y proteína, y fue entonces cuando por fin caí y recordé, ese bocata de calamares de autor que hace poco me tomé, y cuyo gusto aún sentía e imagen me venía a la memoria: el bocadillo de calamares de Evboca Pinchos.

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El pan, realizado con la tinta del propio calamar, tierno, emula un mejillón, engañando a la vista. El calamar, cortado en finas lonchas con una fiambrera cuando está congelado para que quede muy fino, se acompaña de un aliño de ajo y lo baña un alioli de pera que reduce su sabor fuerte.

Sin duda, hubiese elegido como imagen de Madrid 2020 ese bocata, emblema de nuestra gastronomía de autor con el ingenio de Carlos Moreno a la cabeza, y símbolo de cocina divertida en miniatura así como de capacidad de reinventarnos a nosotros mismos. Todo, muy español.

Y fue entonces cuando llegué al Mercado de Motores, y mi menté se dispersó entre mesas escandinavas y lámparas retro, concluyendo lamentablemente mi paradójica meditación sobre el fulgurante éxito internacional de nuestro buque insignia e icono indiscutible, el bocadillo de calamares, así como dejando una crítica más pendiente de las creativas y sorprendentes tapas de Evboca Pinchos.

 

Precio medio: 20 euros

Dónde: Pradillo, 4

Tel: 91 519 55 64 / 679 854 394

Web: https://www.facebook.com/pages/Evboca-pintxos/183324371703348

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